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El glaucoma es una enfermedad ocular caracterizada por la lesión progresiva del nervio óptico y la pérdida del campo visual. La lesión del nervio óptico está relacionada con el aumento de la presión en el interior del ojo o presión intraocular. El glaucoma es en la mayoría de casos una enfermedad crónica, pudiendo progresar hasta llegar a la ceguera si no es diagnosticado y tratado.
 
El diagnóstico de glaucoma se fundamenta en factores como una presión intraocular elevada o la aparición de defectos en el campo visual, entre otros. Pero al ser una enfermedad asintomática en los primeros estadios de su desarrollo, uno de los problemas más graves es su detección en fases iniciales. Se calcula que un 50% de las personas que lo padecen no están diagnosticadas. Existe una amplia variedad de formas de glaucoma, aunque la más común en España y otros países occidentales es el glaucoma de ángulo abierto.
 
El glaucoma es una de las principales causas de ceguera en los países desarrollados. La prevalencia de la enfermedad es aproximadamente de un 2% en la población general y aumenta con la edad, aunque existen casos de glaucoma congénito y de glaucoma juvenil. La presión intraocular elevada es el primer factor de riesgo para el desarrollo de un glaucoma primario de ángulo abierto. Las personas con antecedentes familiares tienen un riesgo superior de desarrollar glaucoma. Por lo tanto, todos los parientes de primer grado de un paciente con glaucoma de ángulo abierto, cuya edad sea de 40 años o más, deberían ser examinados para descartar posibles signos de la enfermedad. Entre los grupos de riesgo se incluyen los afectados por miopía severa o que hayan sufrido algún traumatismo ocular. Los pacientes diabéticos constituyen también un grupo de riesgo.
 
Las posibilidades del tratamiento son mayores cuanto más precozmente se realiza el diagnóstico, de ahí la importancia de las revisiones periódicas. Al ser una enfermedad asintomática, nuestra única oportunidad de descubrirla en fases iniciales es mediante las citadas revisiones periódicas. El tratamiento tiene como objetivo conservar la visión y el campo visual tal y como estaban en el momento del diagnóstico, pues hoy por hoy es imposible la regeneración de las fibras del nervio óptico que ya están dañadas. La progresión del daño del nervio óptico se evita manteniendo la presión intraocular en cifras normales. El tratamiento debe ser individualizado. La base actual del tratamiento es el uso tópico de gotas oftálmicas, que pueden contener fármacos pertenecientes a distintos grupos terapéuticos.
 
No lo olvide: Pregunte siempre a su farmacéutico. Él le informará sobre éstas y otras cuestiones relacionadas. Y recuerde que la intervención farmacéutica supone una elevada garantía en el proceso global de adecuación, efectividad y seguridad de los tratamientos con medicamentos.

(Última modificación:24/02/2017 16:00)

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